A estas alturas deberíamos tenerlo ya muy claro: las redes sociales no son una promesa incumplida, sino un error histórico prolongado artificialmente por intereses económicos colosales. Ya no conectan personas, no informan mejor, no fortalecen la democracia ni aportan valor social alguno que no esté contaminado por vigilancia masiva, manipulación sistemática y un modelo de negocio basado en exprimir hasta el último resquicio de la condición humana.
El juicio que se inició esta semana en Estados Unidos cuestionando el diseño adictivo de estas plataformas y su impacto en la salud mental de los jóvenes llega tarde. Muy tarde. El debate ya no debería ser cómo arreglar las redes sociales, sino cómo dejamos atrás algo que nunca debió crecer e hipertrofiarse hasta este ...
