La tentación de estos días consiste en celebrar las sentencias contra Meta y YouTube como si fuesen el principio de una reforma. Como si bastase con poner unas multitas, limar unas cuantas funciones, poner un par de advertencias, suavizar el scroll infinito, moderar mejor las recomendaciones y confiar en que, con un poco de presión judicial, esas plataformas puedan convertirse en algo razonable.
Pero esa lectura parte de un error fundamental: no estamos ante herramientas sanas que se hayan «desviado» y haya que «corregir», sino ante productos concebidos desde el principio para capturar atención, prolongar permanencia, extraer datos y convertir todo ello en dinero mediante publicidad hipersegmentada. Cuando un jurado concluye, como ha ...
